Biografía intangible

Los libros, la silla, la manta… el silencio y la soledad.

Yo, Josep Giralt, nací en Terrassa el 23 de diciembre de 1960, así que tengo hoy (17-2-18) 57 años y mi ciudad natal sigue siendo la ciudad donde trabajo, amo, río, sufro y duermo. Si continúo en esta línea podrán decir mis biógrafos que en este aspecto fui un discípulo aplicado del filósofo prusiano, E. Kant que vivió toda su vida en Konigsberg. Me daría con un canto en los dientes si alargo mi vida hasta sus 80 años.

Contrariamente a la biografía oficial que se puede leer en la solapa de Sirio Sanguino, quiero redactar aquí una biografía íntima cerca de mi relación con la escritura o todo lo que tiene que ver con ella.

Mi madre me dice que fui un mudo simpático hasta los dos años, vamos, de aquellos que no hablan pero que se hacen entender. Eso no sé bien qué significa, ni qué consecuencias ha tenido para mi vida adulta, ni tampoco puedo saber si es cierto el débil recuerdo que tiene mi madre de esa época cuando ya ha sobrepasado en siete años la edad de Kant.

Tampoco tengo nada claro cuándo empecé a escribir, seguramente fue con las Monjas del gas, en la calle del Pare Font. Confieso que hasta los catorce años solo había leído el TBO, Mortadelo, El pato Donald, Tintín, Astérix, los 20 vols. de Los Cinco de Enid Blyton y los 33 vols de los Hollister. En esa época ni se me pasó por la cabeza la idea de escribir. Vivía en la calle y vivía entre las páginas de los libros, no me quedaba tiempo para nada más.

neveraEn Primaria, gracias a la vergüenza ajena que me hizo pasar mi maestro, don Manuel Fernando Mielgo, en su clase de Lengua, cuando nos preguntó cuántos de nosotros se habían leído el Quijote. Como nadie alzó la mano, se indignó tanto que ese mismo verano supliqué a mi madre que me lo comprara. Tuvo que pedir permiso en la fábrica para ir a Cal Grau a comprarlo y me trajo los dos volúmenes que todavía conservo de la editorial Juventud anotada por Martín de Riquer e ilustrada por los aguafuertes de Gustavo Doré. Suerte de las ilustraciones, ellas me animaban a seguir leyendo mucho más que las divisiones por los capítulos. Todo un verano necesité para leérmelo, se dice pronto. Mi recuerdo se limita a las horas muertas tumbado en la cama en la hora de la siesta y por las noches, a pesar de entender la mitad de lo que leía. Mi lectura tropezaba con palabras que oscurecían el texto, pero también reía por la cantidad de porrazos, golpes y caídas que sufrían los dos protagonistas. Los veía. Por suerte, en la facultad, Alberto Blecua, con su lectura me enseñó a leerlo en voz alta y a saborearlo sin prisas. A partir de entonces, me alisté a la cofradía de quienes cada año se releen el Quijote. Debo decir que ya hace quince años que me di de baja del club.

En la adolescencia empecé a escribir poesía y también a pintar, pero fue al terminar la facultad en el 86 cuando dediqué mi tiempo y mis energías a la escritura. Ahora que reflexiono veo que tanta importancia tiene mis deseos de escribir como mi voracidad por leer, de aquel tiempo recuerdo mis lecturas de Zalacaín de Pío Baroja, El lobo estepario o Siddartta de Herman Hesse, La corte de los milagros de Valle-Inclán, El Jarama de Sánchez Ferlosio, Pantaleón de Vargas Llosa, San Manuel de Unamuno, Trópico de Cáncer de Henry Miller, Tiempo de silencio, Los adioses, Ubú, La Ilíada, Elena o el mar del verano de Julián Ayesta, etc…

A mi primer cuento, La marcha atrás, le dediqué cuatro años exhaustivos para unas seis hojas. Pretendí elaborar el asesinato de un matrimonio mafioso pero relatándolo como si observáramos una película rebobinada del final al principio. Este cuento supuso para mí la expresión más auténtica de cómo en el futuro relacionaría mi concepto de escritura respecto a la literatura. El tiempo no tiene importancia, solo la obra y su elaboración. Y desde esta premisa soy el primero que entiende que no respondo al modelo que las editoriales tienen de los autores. (Estos días, aunque sea solo un ejemplo, he visto reimpresiones en las mesas de novedades de las librerías de Pedro Páramo, Don Quijote, Ana Karenina y tantos otros títulos y me asalta la duda de si es eso lo que yo deseo para mi Sirio. De hecho, da lo mismo lo que piense, Sirio tiene su destino a parte del mío. Pero a pesar de ello, no puedo evitar pensar en el esfuerzo que he necesitado para escribirlo y sobre todo en el altruismo que eso significa. Todos los autores desde el autor de best-seller al proscrito, al anónimo, al que se autoedita o al que regala o vende sus obras por la calle o en el metro). Escribir, te paguen o no, te reconozcan o no, es sobre todo un acto altruista como el investigador en laboratorio molecular, el músico, el zapatero, el maestro o el verdugo.

No recuerdo bien cuánto tiempo le dediqué a mi primera novela Adivina, pero no menos de seis años, durante mi época de bibliotecario y profesor asociado en la UNED. A esas alturas de mi vida tenía claro que no sería nunca un autor prolífico y en cambio, sí, un lector hambriento. De esa época recuerdo mis lecturas de Julian Barnes y Una historia del mundo en diez capítulos y medio, I. M. de Pisón, A. Baricco, J. García Sánchez, Mañas, Daniele del Guidice con Desplegando la sombra del suelo, Celestino antes del alba de Reinaldo Arenas, Max Aub, Dino Buzzati, Y. Kawabata, El Rey de los Alisos de Michel Tournier, J.L. Borges, El búfalo de la noche de Guillermo Arriaga…

007crop

En el 2004 me apunté a l’Aula de escritura que Mercè Company había abierto en Els Amics de les Arts aquí en Terrassa. Ella me ayudó a entender la escritura como un oficio por un lado y como una herramienta de introspección y análisis del ser humano, por otro. Con ella empecé el primer un año donde Sirio aparecía como un personaje secundario y necesité un año para ver que el protagonista de verdad era él. Esa fue una gran lección. Para la intrahistoria de la novela y las versiones me remito a la Cronología.

De estos últimos 14 años, las lecturas que más me han dejado huella son: Ánima de Wajdi Mouawad, Michio Takeyama El arpa de Birmania, Pánico al amanecer de K. Cook, El diario de un loco o La risa roja de L. Andréyev, Resurrección de Tolstoi, La muerte de V. Jankélévitch, Yo soy Eso de Sri Nisargadatta Maharaj. Estas dos últimas lecturas las he citado para mostrar mi derivación en estos últimos años de la ficción al pensamiento, aunque para ser sinceros existe un puente que une estas dos orillas como son las autobiografías fundamentales para mí como son los títulos Contra toda esperanza de Nadiezhda Mandelstam, los estudios de literatura de V. Sklovski o los Recuerdos, sueños y pensamientos de C. Jung.

Como borrador para una primera aproximación a mi biografía intangible puede pasar, ¿no? Que así sea.

 

Anuncios