SIRIO SANGUINO

Josep Giralt

Sirio Sanguino sufre a la edad de siete años la muerte de su padre y el abandono de su madre. Ya adulto, y empujado por la circunstancias, se enfrentará de forma descarnada consigo mismo y sus orígenes.

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PRIMER CAPÍTULO

FRAGMENTO

Antonio Sanguino tenía siete años la noche en la que dos voces muy familiares, al otro lado del tabique, le sacaron del sueño; asustado, abrió y cerró los párpados tres, cinco, siete veces sin encontrar ninguna diferencia entre la oscuridad que invadía la habitación y la otra oscuridad que tanto le aterraba al cerrar los ojos, la oscuridad que le disolvía el cuerpo y le dejaba flotando en el aire, reducido solo a la voz de sus pensamientos. «¿M’habré vuelto ciego o estaré muerto?» Saltó de la cama de un brinco. No recordaba haber pisado jamás el terrazo a esa hora de la madrugada. Se la iba a ganar si lo pillaban levantado. Asomó la cabeza en la penumbra del corredor tiritando de frío dentro del mono azul del pijama. Desde la otra punta de la casa, a través del comedor, reconoció el llanto ahogado de su madre que venía de la cocina. «¿Qué trajinarán la tita y la agüela en la habitación de padre?»

—¡Cómo asomas por aquí, golondrino! —Conce atravesó la alcoba, se apresuró a cogerlo en brazos y le ocultó la cara contra el pecho para que no contemplara a Aurelio muerto. Más atenta a la camisa que tenía en las manos, que al nieto, la abuela ordenó:

—Llévate a Sirio con su madre a ver si se acatarra.

—Yo no me llamo Sirio, me llamo Tono —le corrigió, distraído, buscando un resquicio por donde mirar entre los brazos de su tía. La abuela alzó el brazo por encima de la cabeza y le sacudió un tortazo.

—¡María, está loca!

El muchacho sostuvo la mirada a la abuela con los dientes apretados y las uñas clavadas en la rebeca de la tía.

—No me ha dolío.

—Ya veo. —Ante la reacción del nieto y con el cuerpo del hijo aún caliente, la abuela estalló—: ¡Me importa un cuerno que en el Registro Civil constes como Tonto o como Antonio! ¡Tú eres un Sirio! ¡Y Sirio será el nombre que te crecerá al mismo ritmo que tus huesos y Sirio será el nombre que te corra entre el oxígeno de tus pulmones y Sirio será el nombre que te cuaje en la sangre cuando te mueras! ¡Métetelo en la cabeza! ¡Espero que algún día veas la diferencia y si no, serás un imbécil rematado el resto de tu vida!

—María, no le achuce usted así. ¡Qué quiere que entienda!

—¡Nada, no tiene que entender nada, quiero que lo lleve grabado en el hígado como una quemazón! —La abuela les dio la espalda y apartó de un puntapié la butaca de tela verde que le cortaba el paso—. Anda, llévatelo a la cocina y que se vaya a llorar con la inútil de su madre.

—¡Padre! —Se revolvió hacia la cama. Aurelio yacía con el torso desnudo, con un ojo cerrado y otro entreabierto, la boca dilatada y la cintura de los pantalones machucada en los tobillos—. ¡Padre!

—Tienes que estar orgulloso de él, con paso napoleónico que ha cruzado el puente de nieve. —El enojo de la abuela se mitigó al comprobar la resistencia del nieto cuando Conce lo sacaba en brazos del dormitorio—. Así que terminemos de amortajarlo podrás despedirte, ahora es mejor que te vayas a la cocina.

—¡Yo también quiero mortajearlo! —Pataleó con desesperación en el aire y en el último momento se agarró al marco de la puerta. La abuela desabrochó los puños de la camisa con un mohín artero que le profundizó más las arrugas del rostro.

—¿En serio quieres ayudarnos?

—Por Dios, María, este no es patio para un niño.

—¡Sí, sí, di que sí, agüela!

—Déjalo que ande por aquí.

—Pero, María…

—Esta es la diferencia entre un Sirio y un tonto. —La abuela le aplastó el remolino que le clareaba la patilla en el instante en que las primeras campanadas a difunto salieron de la iglesia, se escamparon por las fachadas y los tejados de Retamoso, atravesaron los corrales por encima de las crestas de las gallinas, el lomo de las cabras, las ovejas… y resonaron en la intimidad de cada dormitorio con la levedad y la armonía de una caja de música—. Espabila que los buitres no tardarán en llegar.

Sentado sobre la colcha, respiró aliviado y acarició con curiosidad los calcetines negros que ocultaban los pies helados de su padre.

—¿Y qué hago?

—Cálzale.

Cuando los vecinos entren en la habitación para dar el pésame, reconocerán de inmediato las dos butacas con el anagrama de los Marcos, la familia de Prado, estampado sobre la tela verde, y reconocerán también la malograda ambición de Aurelio por ser director de cine expuesta sin tapujos sobre las paredes de la casa: con el retrato de Luis Buñuel en su exilio mexicano, la fotografía de Jane Hudson rodando Verano en Venecia o el cartel del estreno de La bella molinera,con Sofía Loren de protagonista. Así que cuando los vecinos de Retamoso entren para velar a Aurelio, recordarán el acertijo que se les planteó con aquella boda en la que, como los meses terminaron por demostrar, Prado, la hija de los Marcos, la familia con más tierras del pueblo, se casó embarazada con el pobretón de Aurelio, el hijo del Sirio y de María, la maestra republicana, destituida del cargo al terminar la guerra, y a quien mataron al marido sindicalista y ateo. Pero aunque la abuela arranque los carteles para no dar que hablar, aunque retire las butacas a otra habitación, no podrá evitar las conversaciones durante las próximas horas, durante las próximas semanas o meses, cuando se comente cómo de extraño se hacía velar al muerto sin el consuelo del rosario, con las paredes desnudas de vírgenes, santos, velas y crucifijos. Y es más que probable que nadie se fije en la ventana que se abre a la calle y a través de la cual no pararon de sonar aquella noche los repetidos toques a difunto a medida que la helada sacaba de la oscuridad los contornos relucientes de los carros y marcaba con tiza de escarcha las lindes con sus matorrales de brezo y zarzas, o se reflejaba, todavía líquida, sobre la corriente del Sangrera, el reguero que mal cortaba el pueblo en canal.

—Conce, gira mi hijo hacia ti.

Aurelio tenía los pantalones negros apiñados por encima de las rodillas y los calzoncillos de tela blanca se ahuecaban alrededor de los muslos.

—Agüela, a mi padre se le ve la picha.

—Pues no mires. ¿A qué estás esperando, a que te traiga yo los zapatos?

Sirio cogió del interior del armario un zapato negro e intentó meter el pie de su padre, aunque solo consiguió introducir la punta de los dedos.

—Ese zapato es del otro pie, hijo —le advirtió la tía—. Quítale los cordajes primero, te irá mejor y ábrele bien.

Después de que le abrocharan la camisa y le metieran los faldones dentro del pantalón, tumbándolo a un lado y a otro de la cama, la abuela le pidió a su nieto que la ayudara a ponerle la chaqueta. Sirio introdujo el brazo hasta el codo, la abuela levantó la mano de Aurelio y le dijo que le agarrara fuerte de los dedos y tirara hacia atrás. Sirio se asustó al ver que su padre abría y cerraba la boca y los ojos cada vez que se le balanceaba la cabeza. Una vez que le hubieron abrochado la chaqueta y la abuela con la ayuda del nieto le calzara los zapatos, Conce colocó dos almohadones bajo la cabeza y puso las dos manos entrelazadas sobre el pecho. La abuela alisó todas las arrugas del traje, pero solo dio por terminada la mortaja cuando afirmó los brazos sobre el colchón e intentó cerrarle en vano la mandíbula.

—¿Sabes cuándo traerán la caja? —preguntó a Conce.

—Félix me ha dicho que tan pronto dé la voz al sacristán, llamaría a los muertos.

Frente a la ventana se oyó el murmullo de los primeros vecinos convocados por los tañidos de la campana. Las conversaciones entraron en la alcoba cuando Conce se recogió el pelo con la pinza y salió a buscar el peine y el frasco de colonia. En el momento en que se quedaron solos, la abuela se acercó a Aurelio y le besó la frente. Sirio trepó hasta el cabezal niquelado y se arrodilló junto a la pera de la luz.

—Dale un beso y despídete de él. —Con la palma de la mano le bajó los párpados, aunque el derecho se resistía a cerrarse por completo. Sirio acercó los labios a la mejilla, se raspó con la barba y se retiró con una mueca de grima.

—El Ruben y mi primo Marquitos me han dicho que los muertos se van a vivir con Dios.

—No repitas las mismas tonterías que dicen los demás si no quieres ser tan tonto como ellos. La gente hace de la muerte un espejo de la vida, así que piensa por ti; si la muerte no es un viaje, si no es un lugar y si para ella no existe el tiempo, pregúntate ¿qué puede ser?

Llevado por la curiosidad, miró dentro de la pupila entreabierta de Aurelio buscando al padre que le traía frascos llenos de luciérnagas para que no se asustara de la oscuridad, al padre que un día le regaló la tortuga Timorata o con quien cazaba rinocerontes en la cama después de recibir el beso de las buenas noches.

—¿De verdad que no me puede ver?

—Ni te puede ver, ni te puede oír. —La abuela dejó que su nieto calmara con evidencias la falta de respuestas—. Dime qué ves.

Sirio volvió a mirar y remirar en el interior del ojo hasta que se cansó.

—Na, me veo yo.

—Ahí tienes la respuesta; frente a la muerte solamente nos vemos a nosotros mismos porque no podemos imaginar lo que es impensable para nuestra razón. La muerte no tiene ninguna medida común con la vida humana y eso ofende al hombre y a los dioses que se inventa.

—Agüela…

—Habla bien, se dice abuela.

—Abuela, ¿por qué no lloras como la tita, no le quieres a mi padre?

—Años llevo llorando a tu abuelo y los que me quedan son para llorar a tu padre, no tengo prisa y tampoco les pienso dar el gusto a esos de aquí fuera.

—Yo tampoco pienso de llorar.

—Es lo mejor que puedes hacer, Sirio, para joderlos.

—Agu…, abuela, eres la única que me llama así en el pueblo.

—Y lo seré para recordártelo mientras viva. Cuando tengas tiempo y mires el cielo por la noche, tienes que saber que tú llevas el mismo nombre que la estrella que más brilla en el firmamento. Esas fueron las palabras con que me sedujo tu abuelo, el muy bandido, el día que le conocí en el baile de las escuelas y con ellas me dejó embarazada de tu padre mirando al cielo.

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